miércoles, 24 de agosto de 2011

XXIII




Era mirarla y ya se le inundaba la mente. Temía acercarse demasiado, escuchar su respiración cerca, acariciarla con el aliento, susurrar…

Que deseaba adentrarse en ese espacio vacío y llenarlo de palabras versales, hacer palpitar objetos inertes, abrir la palma de su mano y regalarle la conciencia, desnudar su cuerpo, acariciar su seda, arrullar su belleza, tentar sus labios, tenerla cerca, muy cerca…

Dejarla caer y caer con ella, aspirar su esencia y robar oxígeno al aire, vivir entre los suspiros y sus ojos, atrapar su boca, inmovilizarla entre caricias, apoderarse del tiempo y derretir el invierno entre miles de secretos que nunca llegarían a serlo.


Góndola.

No hay comentarios:

Publicar un comentario