jueves, 4 de agosto de 2011

XX


Aún guarda el pasaje de aquella montaña rusa en la que subió sin pensárselo dos veces. No quiere que pare, no quiere que termine el trayecto y aún así, aunque hay veces que el mecanismo se oxida y el carro se desvía del carril, ella sigue subiendo y subiendo…

Ahora se ve sometida a un juego de misiones un tanto difícil. La cuesta es alta y lo lleva de la mano. Va descalza tal y como estaba cuando se atrevió a trepar por la rama de aquel enorme árbol. En este momento lo único que desea es llegar a lo alto y volver a verlo todo desde arriba, donde se pueda observar el declive y ver a la gente diminuta; que la altura engañe a sus sentidos y le haga sentir que no existen las distancias. Donde no haya más que cielo y perfección, que pueda seguir contagiándose de su sonrisa y poder inhalar sus suspiros, de cerca... Oler su ropa y saber que está allí junto a él, en lo más alto, guardando para sí el secreto del amor perfecto.

Corre, salta y se cuelga de las vías como si todo fuese un juego de niños. Sabe que puede transformar cualquier cosa, con su compañía, claro está. Tiene el poder de manipularlo todo y convertir el sentimiento más triste en la cosa más fácil. Saber sobrellevar… ante todo.

Apreció la curvatura de sus labios una vez más, la perfiló como si fuese un dibujo, como si fuese capaz de paralizar el momento y poder percibirlo siempre que le apeteciese, “siempre”.

Quizás sepa también que junto a esto exista una realidad, en la que vive ella, él y las posibles circunstancias, pero eso es lo que menos importa ahora.


Góndola.

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