
Cruzó la línea del horizonte con la yema de sus dedos, en el aire,
Desdibujando sus contornos perfectos, como seda…
Enmarcó el silencio con un choque de labios húmedos, deseosos…
La tierra propia sentía la envidia más fuerte.
Olía a noche de invierno cuando comenzó todo.
El frío del mármol beige, la luna creciente, el infinito a dos pasos…
Miradas, falta de habla, soledad para dos.
No existieron las dudas, ni el miedo.
Roma comenzó a resurgir por sí sola.
Se desnudaron y comenzaron a caminar descalzos.
Allí la escarcha de las olas de plata sigue el contorno de la yema de sus dedos
Por la tierra envidiosa, imitando las caricias del aire perfilando sus rostros.
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