miércoles, 19 de junio de 2013

XV:III

Es rabia.

Ira.

Un caos inmerso en el control.

Amor.

Los sentimientos que fluyen en bocanadas de aire y desechamos como algo que cabe perfectamente en la rutina, junto a los otros.
Es este caos en nuestro pequeño inframundo personal el que nos abre la cabeza y nos destruye, poquito a poquito, como una bolsa de piedras golpeándonos hasta desfallecer.

Un tiempo formado por falsos acordes.
Que nos limitan el control del orden y nos hace pensar que en lo profundo de la calma se encuentra la paz.

Mentira.

El mundo es un pozo de mierda. Que se consume en millones de pedazos inconexos, un puzle imposible de vidrio frágil el cual todo ser humano observa, inmóvil, sin opción a querer transformar.

Nudos que te aprietan la garganta y hechas a llorar, por un sentimiento de elegía que te hace creer que podrás llegar al infinito con esas alas de impotencia
A tu pequeña ideología personal, con un Dios
Sumiso.

Es un mundo quebradizo, frágil, distorsionado cruel áspero, y en decrecimiento.
Del cual ninguno sabe en qué orden debemos caminar, ni por qué camino.

Y si no nos sirve el oxígeno morimos, y la glándula espinal se nos vuelve enemiga, los sueños se convierten en arañazos sin significado ninguno, y llega el fin.
Cuando todos hemos sentido, de una manera u otra, solo sentir es lo que “importa”.

Vidas construidas por andamios que fueron paridos por cesárea.

Puntos putos lejanos de una revolución de sensaciones y un giro de 360º del orden social.

Exijo a cada nuevo ser con su propio raciocinio y que ese sea dueño de su propio mandamiento real y regio sobre todas las restantes subordinadas intenciones.

Que cante la tierra y destruya a los mares y que de ésta agua nazcan las nuevas almas. Dichosas de poder adorar únicamente y como ningún humano lo hizo, la vida.
Haciéndose invisible como una esencia que quedó impoluta…
Y que hizo de los humanos creer y venerar al caos como supremo del significado de la existencia y la fuerza, y todas sus ciencias inventadas por lo que ya se extinguió.


Y que se caigan las hojas y suenen a vacío, y nadie se asuste
Y griten por un amor a lo inmortal y a la naturaleza del desorden que hay de por sí, en el aire que respiramos.


Porque lo sabio en la experiencia importa mucho más que cómo nos enseñaron a fecundarla.

Góndola.


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