Una sonrisa de oreja a oreja.
Miraba fijamente como, poquito a poquito,
las palmas de sus
manos se juntaban con mil y una acaricias y encajaban perfectamente en forma y
tamaño.
Los atardeceres se convertían en sus puntos de reencuentros
silenciosos,
en aquel sofá aguamarina,
aparcado justo en mitad de su balcón,
mientras ellas,
juntas,
dejaban escapar las horas observando la nada,
pensando
en la nada,
hablando de nada…
Góndola.
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