jueves, 18 de octubre de 2012

Confesiones.


Que sí, que es verdad, que las horas pasaban incluso más rápido que los minutos, lo admito, me daba miedo preguntar la hora.

Sinceramente más que miedo sentía algo parecido a eso de no querer irme nunca de allí, o de su lado. Qué más daba todo si su mirada me alimentaba más que las cinco comidas diarias que nunca dábamos por terminadas.

Café para ella y para mí un chocolate a las dos del mediodía.

El atardecer nos ocupaba la mayor parte del tiempo y debo confesar que siempre agradecí al frío que volviera justo cuando el sol se escondía.

Así permanecíamos juntas, sentadas en el sofá o tumbadas en la cama, siempre sin hacer nada…
Pero juntas.

Góndola.


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