Que sí, que es verdad, que las horas pasaban incluso más rápido
que los minutos, lo admito, me daba miedo preguntar la hora.
Sinceramente más que miedo sentía algo parecido a eso de no
querer irme nunca de allí, o de su lado. Qué más daba todo si su mirada me
alimentaba más que las cinco comidas diarias que nunca dábamos por terminadas.
Café para ella y para mí un chocolate a las dos del
mediodía.
El atardecer nos ocupaba la mayor parte del tiempo y debo
confesar que siempre agradecí al frío que volviera justo cuando el sol se
escondía.
Así permanecíamos juntas, sentadas en el sofá o tumbadas en
la cama, siempre sin hacer nada…
Pero juntas.
Góndola.

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